Una sensación “Intocable”

Me encantan las películas que te dejan una sonrisa en la boca y la extraña sensación de haber vivido una historia propia durante su hora “y pico” de duración. Por suerte, acaba de sucederme hace un rato. La culpable ha sido “Intocable”. Algunos habréis oído hablar de ella. Suele ocurrir con las pocas películas a las que podemos colgarles con orgullo el cartel de “diferente”. Ésta lo es. Confieso que antes de verla mi respuesta a “¿Crees que puede ser plena la vida de un tetraplégico?” hubiera sido un suspiro. Pero ahora mismo, y desde los primeros 10 minutos delante de la pantalla, mi respuesta es un “sí” contundente.

Sin duda es un tema controvertido, pero no hace falta pensar en una situación tan extrema para encontrar beneficios al mensaje de “Intocable”. Las ganas de continuar hacia adelante a pesar de las adversidades, el saber sobreponerse a los prejuicios, la humildad para aceptar la ayuda de otros haciendo un buen uso de la palabra dignidad.

Actualmente “Intocable” sigue en la mayoría de las carteleras y (esto lo diré bajito) está ya disponible en castellano en descargas para Torrent 😉 Aquí va el enlace a su trailer por si sirve para terminar de animaros a verla y, como imagen para esta entrada, me quedo con la utilizada en sus carteles promocionales. Porque una sonrisa, vale más que mil palabras.

Namorarse de Galiza

Dicen que el amor se cultiva con el tiempo. Aunque lleve ya casi ocho meses en tierras gallegas, me ha bastado un fin de semana para embelesarme con sus paisajes y volver a sentir una vez más los síntomas del Síndrome de Stendhal. Cada vez soy más adicta a perderme por carreteras, a dibujar puntos en el mapa e intentar arrancar algo de cada uno de ellos.

Alquilar un coche (ante la falta de uno propio) es una buena forma de llegar a rincones como la Playa de las Catedrales o Finisterre. Decidimos aprovechar una oferta para mayores de 25 años y nos encontramos con la posibilidad de coger “carretera y manta” durante tres días. Algunos de los paisajes que vimos se los debemos al navegador de Google Maps que viene incorporado en los móviles con Android. Nos dejamos guiar por él y nos metió por caminos no precisamente principales. He aquí el encanto de viajar sin prisas, con el único objetivo de conocer por conocer. Nuestro primer destino elegido fue la provincia de Lugo. Es curioso, pero ante la pregunta de “¿Qué me recomiendas ver en Galicia?” cada gallego tiene sus propias respuestas. Sin embargo, la Playa de las Catedrales nunca suele faltar en la lista enumerada por ninguno de ellos.

Lástima que el temporal de estos días no nos permitiera pasear entre las siluetas rocosas que ha ido tallando en ella el mar Cantábrico. De todas formas, el lugar era increíble, realmente aconsejable. Cerca de allí, está Ribadeo, una bonita localidad costera y punto de partida para emprender la ruta de las playas. La espesa vegetación, el mar agitado, las nubes con distintas espesuras y curiosas formas, gran cantidad de casas de colores intensos.
El segundo día íbamos a encaminar nuestra ruta hacia Oporto. No queremos irnos sin conocer Portugal, ese país que nunca habíamos sentido tan vecino como ahora. Finalmente tuvimos que cambiar de planes por razones económicas: inexplicablemente, solo en peajes, teníamos que pagar 34€ entre ida y vuelta. Una cifra bastante considerable teniendo en cuenta que de Santiago a Oporto hay tan solo 230 km. Ourense fue su sustituta. La lluvia complicó el paseo por sus calles pero, si hay que quedarse con algo de la ciudad es con sus termas naturales. Increíble la sensación de bañarse con frío e incluso lluvia, sin sentir la más mínima sensación de frío. Hay unas termas gratuitas y otras privadas prácticamente al lado. Estás últimas cuestan solo 5€ y están un poco mejor acondicionadas.
Tercer y último día motorizados. Destino: Finisterre.  Llegar hasta allí y contemplar la vista desde su faro hace fácil comprender que en la antigüedad pensarán que no había nada más allá. Perderse en el horizonte, sentir el olor del mar, la brisa de un lugar con encanto donde miles de peregrinos han contemplado el mismo paisaje infinito.

Multiculturalidad crónica

Algunos individuo sufrimos una extraña patología. La curiosidad hacia nuevos lugares y todo lo que ellos encierran es principal síntoma. Ayer pude satisfacer esa inquietud gracias a una cena nada habitual. Aviso para navegantes: el principio suena a chiste, pero que nadie espere un final desternillante. Lo máximo que puedo garantizar es una sonrisa de aquellos que compartan esta curiosa “enfermedad”.

¿Qué hacen dos aragonesas, una venezolana, dos brasileñas, dos mexicanas y tres chinas en una pizzeria? No hay una respuesta contundente, son simples caprichos del destino. Al igual que una beca Séneca nos trajo a nosotras (las dos aragonesas) hasta Santiago de Compostela, otras becas y circunstancias académicas quisieron que cada una de ellas llegaran aquí justo ahora.
Los caminos son caprichosos. Sus bifurcaciones e idas y venidas consiguen que confluyan senderos así de diversos. Algunas nos conocimos en las clases de Xornalismo; a otras les unió su nacionalidad (común nexo de unión cuando nos encontramos lejos de casa) y la costumbre o necesidad estudiantil de compartir piso propició que las restantes se conocieran.
Y así es como resultó esa improvisada mezcla que resulto dar un resultado más que satisfactorio.

El perfecto dominio del castellano de las chinas y brasileñas primero me llamó la atención, teniendo en cuenta que llevan en España solo medio año; luego, facilitó mucho la conversación. Qué mejor forma de descubrir una cultura diferente que a través de una boca que habla en primera persona! Gastronomía, costumbres sociales, educación, formas de ocio,… Cualquier tema banal se vuelve curioso. “Al pan, pan y al vino, vino”, pero en Brasil el arroz es el producto que acompaña todas las comidas y en México no hay ninguna que no la enrollen dentro de una tortita. Hablamos como mujeres jóvenes y, a pesar de tener edades parecidas, algunas somos chicas corrientes en nuestra sociedad y a otras, en la suya, comienzan a mirarlas con recelo y a murmurar sobre la necesidad de buscar un buen marido y huir del horror de “vestir santos”.

En el reloj, nos separan seis horas mas o seis horas menos; algunos rasgos físicos diferencian nuestro aspecto; pero todas sonreímos ante un brote de simpatía, ante una broma inocente o una canción hortera de “el año la Quica”.
Para todos los que sientan los síntomas de la atracción crónica a la multiculturalidad, le recomiendo experiencias como esta. No es necesario que lea detenidamente las instrucciones de este “medicamento”, ni que consulte a su farmacéutico. Abrir la mente es siempre recetable.

Reiniciando sesión

Me ha entrado morriña. No de esa que huele a casa, a comida de la abuela, al suavizante que usa mi madre. Esa la llevo siempre conmigo, bien “escondidita” en uno de los bolsillos interiores de la piel que habito. La morriña de la que hablo es esa que te nubla la vista cuando miras al pasado.

Descubriendo el blog de una compañera de la universidad (la de verdad, no de alguna de mis universidades de adopción) e recordado aquel tiempo en el que escribía por escribir, en el que no necesitaba ningún tema “interesante” para colocarme delante de la pantalla en blanco y perseguir con mis palabras a ese cursor tintineante. He echado de menos esas entradas en el blog en las que era imposible añadir ningún enlace ni utilizar ningún tipo de hipertexto, porque el antecedente y la continuación de lo escrito estaban en un lugar en el que no es posible acceder haciendo “doble click”.


Nos hemos profesionalizado sin ni siquiera tener claro si tendremos profesión. Internet se convierte en nuestro escaparate y, entre tanta apariencia, recuerdo que un día fue un cauce donde verter todo lo que de mí manaba; hoy, estoy convencida de que escribir según qué cosas y soltarlas en la red me produciría una sensación parecida a esos sueños en los que te despiertas sobresaltado porque estabas completamente desnudo delante de una considerable cantidad de gente.

Será la consecuencia de empezar a comprender como funciona nuestra querida web? Dejamos rastro, todos nuestros movimientos son registrados, utilizados para amenizar nuestra navegación con la publicidad que más nos puede interesar, para facilitarnos la búsqueda de lo que ya saben que queremos encontrar. Pero que no cunda el pánico! Detrás de Internet no hay un grupo de psicópatas. Es, simple y llanamente, la nueva forma de hacer las cosas. La primera reacción cuando alguien es demasiado amable suele ser el rechazo pero pronto nos acostumbramos a que nos llenen de comodidades. Por supuesto, siempre a cambio de algo. Los usuarios damos beneficios aunque no sea directamente.

De vez en cuando es necesario “resetearse”, para no colapsar “el sistema”. Volver a cargarlo todo, rememorar algunas cosas,… De todo se aprende. Hasta de nosotros mismos cuando predominaba la ignorancia.